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miércoles, 14 de noviembre de 2012

EL PRESO MÁS IMPORTANTE DEL PAÍS


Artículo escrito por Raúl Wiener - Diario La Primera

Alguien debería explicar si la diferencia de calidad entre la condena a Guzmán y la cúpula senderista y la de Fujimori se refiere al famoso concepto de Jorge Trelles de que ellos mataron menos. Porque de que mataron, lo hicieron. Y de que operaron sin miramientos erigiéndose en fiscales, jueces y verdugos, violando todos los principios legales, lo hicieron.

Entonces de dónde sale que unos no pueden ni remitir una carta y el otro debería tener el espacio para despacharse en su estación de radio favorita, que es de lo que venimos debatiendo en estos días en un nuevo capítulo de la saga del “indulto humanitario”.

Dicen que el tema de las víctimas no cuenta en este caso, es decir que si Fujimori pide hablar, puede hacerlo sobre lo que quiera porque la única libertad que tiene restringida es la de transitar. Pero eso sería casi equivalente a decir que las víctimas de Tarata o Lucanamarca, tampoco cuentan si algún jefe senderista pidiese hablar desde la prisión.

Salvo que los muertos de La Cantuta, Barrios Altos y otros lugares fueran menos víctimas que otras. Sin querer decirlo, lo que está transmitiendo es la idea de que Fujimori no es un criminal de guerra sino un pobre tipo que está pagando por los excesos inevitables de un conflicto que no pudo controlar.

En sustancia, que estamos en una revalorización política de la sentencia del año 2009, que resolvió que hubo un modo de enfrentar la guerra que alentó la acción irregular de elementos de las propias fuerzas militares, que configuraron crímenes de lesa humanidad y un sistema de encubrimiento, todo lo cual jamás hubiera podido existir si Fujimori no lo permitía. Eso está zanjado judicialmente.

Sin embargo vivimos bajo la permanente presión por hacer “negacionismo” respecto a estas conclusiones, lo que sin duda es el principal disparador de la campaña del indulto.

Se quiere que la sociedad consienta el aspecto más oscuro de la Fujimorización. Si ya hemos legalizado el golpe de Estado al reconocer validez a los decretos hechos por la dictadura y no sancionar la interrupción constitucional, la Constitución de 1993, el sistema político y los contratos corruptos del régimen autoritario, solo nos queda un paso para que todo vuelva a ser como antes y ese es el de abrirle los brazos al fundador del actual orden, que ya lleva para más de veinte años.

La histeria antiterrorista de los últimos días, con clara intención de condicionar las decisiones por el miedo, hace evidente de qué se trata. Más o menos significa que no es el hecho del delito de sangre en sí, o de las dimensiones del robo, sino del campo desde el que se delinquió.

Fujimori es de los nuestros dicen dirigentes del APRA, PPC, Solidaridad Nacional y otros que antes pasaban por democráticos y que no se atrevieron a pronunciarse contra la sentencia de San Martín.

Ahora después de haber querido pasar el indulto con coartada médica, lo están sacando al fresco como un santo y seña político; como si antes de la solicitud de entrevista a RPP hubiera habido un previo acuerdo para no dejar morir el asunto de la liberación de Fujimori en el penoso traspié de las fotos de la prisión.

Todo indica que es una jugada del todo por el todo: si el gobierno niega el indulto, pierde por ahondar la depresión de su prisionero, violando su “derecho”, y si lo concede, pierde porque habrá demostrado que cede a las presiones de los amigos del preso más importante del país.

 

¿LA HORA DEL CHINO?


Artículo escrito por Raúl Wiener - Diario La Primera

 ¿Cómo es eso que alguien al que hace poco nos lo mostraban tumbado en una cama, mostrando una lengua con ulceraciones que no le permitía comer ni hablar, y trasladado de un lado a otro en camillas, está ahora pidiendo ejercer el “derecho” de hablarle al país, a través de una estación de radio, sobre el “indulto humanitario” que sus hijos solicitaron al gobierno, y que luego se ha vuelto la causa central de su partido y por lo que se ve del propio Fujimori que no está dispuesto a cumplir con los términos de su condena?

Súbitamente el hombre postrado que exigía compasión para sus dolencias, ha pasado a creer, igual que lo hemos pensado muchos otros, que el asunto aquí es puramente político, o sea que depende de una argumentación que va más allá de lo que puedan decir los médicos y abogados. Por eso, de pronto, hemos girado hacia el debate de La Libertad de expresión para los encarcelados. Y tenemos ahora un montón de políticos reclamando por oír a Fujimori por las ondas de RPP, en nombre de un principio constitucional, aparentemente irrebatible, que el Inpe intentaría desconocer.

Pero el asunto es si están hablando de un derecho o de un tratamiento de excepción como todos los otros que ha venido gozando el exdictador, con algún grado de complicidad de los distintos gobiernos que han debido encargarse de su custodia. Claro que sería muy interesante oír las opiniones de quien gritó inocencia y luego se allanó en los juicios sobre corrupción para ocultar su responsabilidad. Pero igual lo que tenga que decir Montesinos sobre el indulto, o Guzmán sobre su amnistía, o Ponce Feijoó sobre BTR y Alan García, etc.

RPP podría instaurar la hora del preso y con ello ampliaríamos la democracia. Pero parece que los del Inpe no han visto el lado comercial de la propuesta y las opciones que podrían abrirse con la fórmula reos que fundamentan sus reclamos ante la prensa. Sorprendentemente hemos escuchado a constitucionalistas decir que esto es lo que está en las normas y que no habría nada de qué sorprenderse. Y la pregunta que cae sola es entonces por qué antes no se hizo, o por qué a Elena Yparraguirre la sancionaron por declaraciones a una revista extranjera cuando lo único que hizo es recurrir a un dispositivo constitucional para decir lo que piensa.

Sospecho, por supuesto, que lo que están queriendo vendernos es sin embargo un “derecho” restringido a Fujimori, como decenas de otras concesiones que se le han hecho al personaje que habita la Diroes, y que la intención es reavivar el debate del indulto que se estaba cayendo, dentro de una lógica en la cual su destino personal va a ser finalmente la plataforma de encuentro de un gran frente de las derechas y alguna prensa, apuntando al poder de 2016.

La fecha de 2012 es clave, porque no es la del comienzo del gobierno Humala, pero tampoco la previa a las elecciones. Por eso es que sin agravamiento y sin ninguna otra razón que nos obligue a centrarnos en el tema durante casi tres meses, hemos sido forzados a aceptar que este es el debate fundamental. Y, ahora, a escuchar “la hora del chino”, para todo el Perú.

 

SOBRE EL INDULTO A FUJIMORI


Señor presidente Humala:

Me dirijo a usted a propósito de la extraordinaria campaña mediática del Fujimorismo puro y duro y sus grandes beneficiarios y compañeros de ruta en los medios de comunicación que tratan de conmoverlo y de convencerlo de la aparente bondad para el país de un indulto suyo para el ex-presidente Alberto Fujimori, condenado por la Corte Suprema a 25 años de cárcel por crímenes de lesa humanidad y otros delitos, y con otras gravísimas acusaciones pendientes.
Como una de las 30 personas que en la Casona de San Marcos fuimos testigos de su promesa de respetar el orden democrático del país antes de la segunda vuelta electoral de 2011, me atrevo hoy, a escribirle con una opinión que podría tener alguna utilidad para usted.
Los hijos de aquel señor le presentaron la solicitud de indulto apelando a gestos de aparente humildad y sencillez. No hay nada en la vida política de Keiko y Kenji que muestre algo de esa representación teatral de humildad.
Las fotos presentadas de un paciente Fujimori enfermo, para despertar una piadosa y cristiana compasión en usted, en su entorno, y en la población manipulada por las encuestadoras, son parte de un operativo psicológico incompatible con una ética política elemental.
Hay una contradicción profunda entre el enfermo que parece sufrir demasiado y la misma persona que de su puño y letra escribe: “El pedido del indulto ya está hecho. Sólo pido una respuesta franca, directa y objetiva”, y unos días antes: “Yo seguiré luchando por mi salud, mi libertad y mi inocencia”. Solo le faltó gritar y vociferar “Soy inocente”, como al comienzo del célebre juicio cuya condena lo colma de vergüenza.
Cuando a fines de setiembre la Corte Interamericana de derechos humanos de Costa Rica ordenó que vuelvan a prisión a los del Grupo Colina, Fujimori quedó convencido de que judicialmente su caso no tendría modificación posible y que solo le quedaba el indulto. Con su monumental soberbia había dicho muchas veces que él jamás pediría el indulto.

Está suficientemente probado que el Sr. Fujimori no padece de una enfermedad terminal y que su vida no corre peligro grave alguno en la cárcel dorada construida para él. Tiene médicos y enfermeras, ambulancias y personal especializado para conducirlo en pocos minutos a la clínica privada que él escoja. Ningún otro preso o presa en otras cárceles del país tiene la milésima parte de sus privilegios.  
Le sugiero examinar de cerca las tres posibilidades que tendría el reo Fujimori si usted optara por ofrecerle el indulto. En la primera, podríamos imaginar a Fujimori enfermo, sin esperanza alguna, pero en su casa, acompañado de sus hijos y olvidado por su segunda esposa japonesa.

En la segunda, podría verse al ex-poderoso presidente, saludable, refugiado en su casita, jugando con sus nietas, alejado de la política, cuidando sus rosas, saliendo a pescar y hasta a aprender a jugar algo de golf, cobrando su pensión de jubilación, y pagando en cómodas cuotas mensuales la deuda de los 27 millones que le debe al estado peruano como reparación por sus crímenes y delitos.
En la tercera, un rejuvenecido y siempre poderoso Fujimori -“chino”, “chino”- podría reaparecer en la política creyéndose inocente de todas las condenas y cargos pendientes y hasta intentando ser candidato a la presidencia de la República, o tomar un avión a Japón, sin problema alguno como ciudadano nipón.

Quedarse en Lima para seguir haciendo política sería una provocación como la del Sr. Crousillat, quien una vez indultado por estar aparentemente al borde de la muerte por sus males cardíacos, levantaba pesas en un gimnasio.
La indignación que esa burla produjo obligó al presidente García a anularle el indulto y devolverlo a la cárcel. Irse a Japón tendría para él muchas ventajas: disfrutaría de la paz celeste para sus últimos años y -si son ciertas las muchas conjeturas, indicios y evidencias sobre una enorme fortuna en oro y en billetes verdes que tendría como ciudadano de ese país y derrotado candidato a senador- consagraría parte de su tiempo para ver la suerte de esa fortuna aparentemente escondida. Su hermana y su cuñado se quedaron allí y no pueden volver a Perú. Lo esperarán, seguramente muy amorosos.

Nadie tiene certeza alguna de lo que el futuro trae. Sólo es posible imaginar escenarios a partir de hechos (evidencias), indicios y una pequeña dosis de razonamiento lógico. Me atrevo a suponer que un nuevo y último viaje a Japón está otra vez entre los planes serios del Sr. Fujimori.
Permítame, señor presidente, recordarle que usted comenzó su carrera política con un levantamiento real y simbólico en Moquegua para -según sus palabras- devolverle la dignidad a las Fuerzas Armadas expropiadas por Fujimori y su socio Vladimiro Montesinos. Un indulto suyo equivaldría a renunciar a ese gesto simbólico que es parte de lo que le queda de su capital político.

Atentamente.

Rodrigo Montoya.

Lima, 18 de octubre, 2012